Poema sobre el arte de estar tranquilo en una galería de arte 

 

Compuesto con motivo de una exposición en el Museo Nórdico de la Acuarela, con piezas de la colección particular de Daniel y Florence Guerlain (de la perfumería homónima) y recitado en el salón una y otra vez durante una hora 

 

Asolado, exhausto, inmaculado, lo lamento mucho pero quería estar aquí sin convertirme en las obras. Olvidaos de mí, solo quería estar aquí yo solo sin tener nada que ver con nada, lo lamento mucho, pero ahora preferiría poder estar solo. Lo lamento pero no quiero oír ni una palabra de que el arte influye sobre mí. Es muy sensible a los cambios de temperatura y yo soy la encarnación del frío. Cuesta lo indecible desplazarse. Todo el dinero del imperio del perfume. Y solo quiero estar aquí quieto. Asolado. Solo quiero conservarme inmaculado. Intacto. Lo lamento pero las acuarelas fluyen, anegan, llenan no se las guía ni se las dirige, lo he comprobado. Y por eso solo quiero estar aquí y reflexionar, solo quiero rebuscar en los bolsillos del pantalón mientras rabia el arte de la sala de exposiciones —eso creo—. 

          Lo lamento pero solo pensaba estar aquí y procurar no convertirme en una parte del hedonismo del coleccionista, no convertirme en parte de la herencia de la colección, no atarme a acuarelas cuyos trazos nunca acaricié, cuya intención nunca pretendí, cuyos coleccionistas no recuerdo, cuyo conservador seguro que lo lamenta, bueno, vaya, ahora todos lo lamentamos, y yo querría estar solo, querría estar muerto y que no hubiera acuarelas de futuros talibanes en la coleccion, ni acuarelas de ratas siniestras, ni acuarelas sin título, nada de lo antedicho. 

          Lo lamento, pero ¿estáis conmovidos? ¿Estáis molestos? Y si es así, ¿por qué estais molestos? ¿Estabais conmovidos por Florence, o era Daniel el que os hacía sentir molestos? ¿Había futuros talibanes o ratas desquiciadas? ¿Os hacían reír? ¿Cuánto, en una escala de uno a diez? ¿Solo faja, o era una risa más profunda, con más bajos y menos agudos, con más saturación y menos sonido? 

          Lo lamento, pero ¿de verdad lo lamento? Solo quiero estar aquí sin llenarme de colores, sin calarme hasta los huesos, sin quedarme cubierto, desenfrenado o inmundo, rebuscando en los bolsillos de mi pantalón mientras pienso en los caudales que fluyen de esta estancia, desenfrenados, inmundos, perturbadores; solo quiero estar aquí sin volverme marrón, negro y blanco, sin convertirme en caligrafía, sin estar clavado ni colgado; solo quiero estar aquí y hacer como si no llevara una etiqueta colgando. 

          Como si eso fuera posible. 

          Lo confieso, esta es mi etiqueta del precio: estar molesto. Sentirme desenfrenado, conmovido, sentirme solo, abandonado, sentirme constreñido; quiero recaudar la miseria, la soledad, la guerra civil europea y la otra inevitable muerte del mundo artístico, la que lleva el marbete de desequilibrada, como si pudieran existir otros marbetes. Quiero recaudar una crítica detestable, un vapuleo público y feroz. Lo lamento, pero ¿de verdad lo lamento? 

          Traedme la cabeza de cada artista colgado, traedme el sangrante corazón de todos, su hígado reseco y el sudor de sus pestañas; traedme su duro miembro, sus peinados y sus labios leporinos; traedme sus héroes de infancia, sus sueños, deseos y críticas detestables; reuniré sus anticurriculum vitae, dirigiré su caída en movimientos sinfónicos, desmontaré sus tendencias narcisistas y de todo ello me haré una saludable carrera profesional; de ella engordaré, pues estaré complacido de mí mismo y —como antes— molesto, muy, muy molesto. 

          No envidio a Daniel, en realidad no, envidio a Florence. No me dan igual los inocentes viajeros. No envidio a Forence, envidio a Daniel. No me dan igual los que se arrastran bajo la apisonadora de la historia universal. Daniel y Florence lamentan todo esto. Quieren pedir excusas. Yo lamento ser un envase, estar col-gado, lamento haberme convertido en obra de arte, a medio terminar, aún no escrita, colgada, excusada. Esto no es el arte. Esto no es el pago. El pago está de camino, igual que los gastos de viaje. Esto es solo un texto, no tiene nada que ver con las obras de arte. 

          Me han dicho que la colección ofende. Me han dicho que el arte no ofende, pero la colección sí, es la colección la que ofende. El mundo artístico no ofende y los mercados se regocijan a gritos. Me han dicho que los coleccionistas no ofenden pero que a veces los artistas son groseros. Es una lástima. Lo lamento. Lamento que alguien sea grosero alguna vez, es una conducta horrible. Lamento que los artistas lo sientan. Lamento que las acuarelas sean transparentes, lamento que los instrumentos financieros no sean visibles. Envidio las líneas rectas tanto como las torcidas. Envidio el agua de ahí fuera, los despachos y el fantástico restaurante al final del pasillo. Nada de todo esto era inevitable, las ruedas de la historia ya estaban en marcha, la apisonadora, las apisonadoras. 

          Lo único que quería era estar tranquilo. Lo único que quería era deslizarme hacia el cielo, solo, desaparecer en el agua, en el color, llevarme las acuarelas a una sauna aún por construir y sacármelo todo sudando, raspar la superficie y convertirme en arpillera, en algo aún no sucedido, en algo asolado, reseco, en algo que aún está por no suceder, reseco en la humedad, en la humildad, mientras los mercados se hunden y todo incluyendo los marcos que lo rodean todo se transforman en una espiral infinita de muerte, muerte y muerte. 

          Etcétera etcétera. 

Translation: Enrique Bernárdez Sanchís